Panamá no es esa postal: el terremoto también sacude nuestras desigualdades
El 9 de octubre la tierra tembló en Panamá. Nos asustamos, miramos los edificios, pensamos en nuestras familias y nos alegramos de que las grandes torres no se vinieran abajo. Pero hoy, con el susto todavía en la garganta, tenemos que mirar más allá de la Cinta Costera y Costa del Este. Panamá no es solamente esa postal de edificios enormes que mostramos al mundo. Panamá también es el interior, las comunidades campesinas, las personas artesanas, las agricultoras y los pueblos que muchas veces no aparecen en el mapa de las prioridades nacionales.
Hoy escuchamos nombres de comunidades que muchas personas quizás no sabían que existían. Tonosí, Mariato, Torio, Mata Oscura, Madre Vieja, Isla Caña, Llano de Piedra, Macaracas y tantas otras. No son pueblos que aparecieron con el terremoto. Allí viven personas, hay historias, hay trabajo, hay familias y hay formas de sostener la vida que pocas veces ocupan el centro de las preocupaciones del país. Ha tenido que temblar la tierra para que muchas personas vuelvan la mirada hacia estos territorios que han sufrido el abandono institucional por largo tiempo, territorios que han aprendido a sobrevivir en soledad.
Y mientras miramos, encontramos casas dañadas, escuelas afectadas, familias que necesitan alimentos y agua, personas que no saben cómo van a reconstruir sus viviendas. La Organización de las Naciones Unidas estimó que unas 38.000 personas necesitaban asistencia humanitaria después del terremoto. No estamos hablando de cifras vacías. Estamos hablando de personas que hoy tienen miedo, que han perdido parte de lo que construyeron durante años y que necesitan respuestas concretas.

Hay algo que no podemos perder de vista: no todas las personas enfrentan un desastre natural en las mismas condiciones. Para algunas familias, reparar una casa será difícil; para otras, será prácticamente imposible sin ayuda. Las desigualdades que ya existían no desaparecen cuando tiembla la tierra. Por el contrario, pueden hacerse más profundas. Por eso, hablar de la reconstrucción también es hablar de justicia social y racial, de quiénes reciben atención primero, de qué territorios son escuchados y de cuáles vuelven a quedar esperando.
En La Arena de Chitré, las personas artesanas afrodescendientes han sufrido daños en sus hornos de alfarería. Esos hornos no son solamente estructuras: son parte de su trabajo, de sus ingresos y de conocimientos que se transmiten y se sostienen en comunidad. Cuando se destruyen, también se afecta la posibilidad de seguir viviendo de ese oficio. Reconstruirlos debe ser parte de la respuesta. No basta con mirar las casas; también hay que mirar cómo viven las personas, de qué trabajan y qué necesitan para recuperar sus vidas.
Y están las niñeces. ¿Cómo explicarles que su casa ya no es segura, que tiene que dormir en una carpa a la intemperie o que no sabe cuándo podrá regresar a su escuela? Una noticia sobre niñas y niños que tuvieron que dormir en un vehículo después de perder la seguridad de su hogar nos recuerda que detrás de cada desastre hay vidas pequeñas que también cargan con el miedo y la incertidumbre. Muchas escuelas han sufrido daños y necesitan ser evaluadas antes de volver a funcionar. Una escuela no es solo un edificio: es un lugar para ir a estudiar, un lugar de encuentro, de protección y de juegos. Las niñeces no pueden quedar para después ni convertirse en una cifra más de la emergencia.

También tenemos que hablar de la responsabilidad del Estado. La ayuda humanitaria es urgente, pero la reconstrucción requiere recursos, planificación y transparencia. Los medios de comunicación han informado sobre las contrataciones excepcionales autorizadas durante distintas emergencias, incluida la actual. Esto hace todavía más necesario que la ciudadanía pueda conocer cómo se utilizan los fondos, a quiénes se contrata y qué resultados se obtienen. No estamos afirmando que exista corrupción en el manejo de los recursos de este terremoto; estamos diciendo que una emergencia no puede ser una excusa para dejar de rendir cuentas. Cuando se trata de recursos públicos y de personas que han perdido tanto, la transparencia no es opcional.
La historia también nos obliga a recordar. En 1991, Bocas del Toro vivió un terremoto que dejó personas fallecidas, heridas y numerosas viviendas destruidas. Años después se publicaron testimonios de familias que denunciaban haber esperado durante mucho tiempo por materiales para reconstruir sus hogares. No podemos cambiar lo que ocurrió, pero sí podemos preguntarnos qué hemos aprendido. ¿Vamos a aceptar que reconstruir una vivienda se convierta en una espera interminable para quienes no tienen recursos? Se repetirá la historia de una emergencia es la oportunidad que muchos esperaban para enriquecerse
Nos preocupa escuchar a personas de comunidades afectadas que sienten que el apoyo no está llegando como debería y que sus reclamos son tratados como bochinches. Pedir agua, alimentos, materiales para reparar una casa o apoyo para recuperar el trabajo no es hacer bochinche. Es expresar una necesidad. Hay que escuchar a la gente, verificar lo que está ocurriendo y responder. No podemos descalificar las voces de quienes están viviendo la emergencia mientras desde otros lugares se les dice cómo deberían sentirse.

Desde AfroResistencia queremos expresar nuestra profunda solidaridad con las comunidades afectadas, desde Tonosí hasta Bocas del Toro, pasando por Mariato, Torio, Mata Oscura, Madre Vieja, Isla Caña, Llano de Piedra, Macaracas y tantos otros lugares. Hacemos un llamado a todas las personas que puedan aportar para que se acerquen a los centros de acopio y colaboren con alimentos, agua, materiales o lo que esté a su alcance. No importa cuánto podamos aportar ni con qué podamos hacerlo. Lo importante es que la ayuda llegue y que las comunidades sepan que no están solas.
La solidaridad de nuestro pueblo es fundamental, pero no sustituye la responsabilidad del Estado. Necesitamos atención inmediata, materiales para reconstruir las viviendas, apoyo para recuperar los medios de vida y condiciones seguras para que las niñeces y adolescentes puedan volver a sus espacios educativos. Necesitamos, además, que las comunidades participen en las decisiones que afectan su recuperación y que los recursos destinados a esta emergencia se manejen con transparencia.
El 9 de octubre la tierra tembló y nos recordó que la vida puede cambiar en unos segundos. Nos asustamos y todavía llevamos ese susto en la garganta. Pero hoy también tenemos la posibilidad de estar, de acompañar y de exigir que la respuesta no reproduzca las mismas desigualdades de siempre. Porque Panamá no es solo la postal de sus grandes edificios. Panamá es también su gente, sus comunidades y esos territorios que no pueden seguir siendo invisibilizados hasta que ocurre una tragedia y se vuelven noticias y solo así sabemos de ellos.
Desde AfroResistencia, acompañamos a las comunidades afectadas. El pueblo nos necesita y debemos estar.



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